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Skyrim:Caida del principe Nieve

De Teswiki

Caída del príncipe Nieve


Relato sobre la batalla de Moesring según la versión de Lokheim, cronista oficial del jefe Ingjaldr Ojo Blanco

No sabemos de dónde surgió, pero se dirigió a la batalla montado en un reluciente corcel de color blanco. Elfo lo llamamos, porque eso es lo que era, aunque hasta ese momento no habíamos visto a ningún otro como él. Su lanza y armadura resplandecían con un brillo sobrecogedor de algún tipo de magia. Con este aspecto, el desconocido jinete parecía más un noble que un guerrero.

Lo que nos preocupó, o más bien nos asustó, fue el grito de guerra de los elfos. No se debía al miedo ni a la sorpresa, más bien parecía fruto de un júbilo irrefrenable, la clase de gozo y alegría que experimenta un hombre al que la vida le brinda una segunda oportunidad. Pues, en aquel momento, los elfos estaban prácticamente condenados, tan cerca de la muerte como lo habían estado durante las escaramuzas de Solstheim. La batalla de Moesring sería el último enfrentamiento entre nórdicos y elfos en nuestra bella isla. Dirigidos por Ysgramor, habíamos expulsado a las fuerzas élficas de Skyrim y nuestra intención era limpiar Solstheim de igual forma. Nuestros guerreros, armados con las mejores hachas y espadas que los artesanos nórdicos podían forjar, se abrían paso entre las filas enemigas. Un río rojo de sangre élfica se precipitaba por las laderas de Moesring. ¿Por qué se alegraban tanto? ¿Cómo podía un único jinete insuflar tanta esperanza a un ejército en un estado tan lamentable?

Para la mayoría de nosotros, el grito de guerra estaba más que claro, aunque se les escapaba el significado de las palabras élficas entonadas. Solo algunos, los eruditos y cronistas, podíamos comprenderlas y al oírlas no pudimos evitar estremecernos.

“¡El príncipe Nieve ha llegado! ¡Nuestra hora se acerca!”

A continuación, se hizo un silencio espectral entre los elfos que aún quedaban en pie. Como la quilla de un bote va apartando las aguas heladas del Fjalding, las filas de elfos se hacían a un lado conforme el príncipe Nieve se iba acercando. El magnífico caballo blanco fue aminorando su paso, del galope al trote. Finalmente, el jinete desconocido se acercó a la primera fila, de forma casi fantasmal.

Muy pocas cosas pueden sorprender a los guerreros nórdicos, curtidos en la lucha y en las batallas, por lo que nadie podría haberse imaginado que la conmoción y la incertidumbre se adueñarían del campo de batalla de esa forma. El silencio era absoluto. Tal fue la impresión que nos causó el príncipe Nieve. Cuando los gritos de júbilo de los elfos se apagaron, nos invadió una enorme quietud, como si de un sueño se tratara. Y entonces, ambas huestes, tanto elfos como nórdicos, atisbamos la terrible verdad: victoria o derrota importarían muy poco ese día en las montañas de Moesring. Comprendimos que muchos morirían ese día en ambos bandos, tanto vencedores como vencidos. El glorioso príncipe Nieve, un elfo sin igual, había venido para dar muerte a los nuestros. Y eso fue lo que hizo.

De repente, el príncipe Nieve arremetió contra nuestras filas como una violenta tormenta de nieve similar a la que ciega a los viajeros y parece arrancar de cuajo hasta los cimientos más profundos. La nieve y el hielo parecían arremolinarse en torno al elfo, como si obedecieran sus designios. Al girar su brillante lanza, esta emitía un silbido parecido a un canto fúnebre, dirigido a todo aquel que osara cruzarse en el camino del príncipe Nieve. Nuestros mejores hombres cayeron ante él ese día: Ulfgi Mano de Yunque, Strom el Blanco, Freida Mano de Roble y Heimdall el Desenfrenado. Todos yacían muertos a los pies de las montañas de Moesring.

La batalla tomaba un cariz totalmente distinto, parecía que las tornas habían cambiado. Los elfos espoleados por el príncipe Nieve se reagruparon para lanzarse a la ofensiva. Fue entonces, cuando la batalla de Moesring terminó de forma inesperada, en apenas un instante.

Finna, la hija de Jofrior, era una niña de unos doce años de edad y escudera de su madre. Vio cómo el príncipe Nieve sesgaba la vida de esta y la dejaba huérfana. El dolor y la rabia la llevaron a recoger la espada de Jofrior y lanzarla con fuerza hacia el asesino de su madre. Cuando la refulgente lanza del príncipe Nieve detuvo su baile mortal, se hizo un silencio completo en el campo de batalla y todos los ojos se volvieron hacia él. Nadie quedó más asombrado que el propio elfo. El príncipe Nieve aún montado en su corcel se encontró con la espada de Jofrior firmemente clavada en el pecho. Y entonces, se desplomó. Dijo adiós a su caballo, a la batalla y a su propia vida. El príncipe había caído muerto, a manos de una simple niña.

Al ver a su salvador derrotado, los pocos guerreros elfos que quedaban perdieron su espíritu. Muchos huyeron y los que permanecieron en su puesto pronto cayeron bajo las hachas de nuestros hombres. Al acabar el día, solo quedaba carnaza en el campo de batalla. La brillante armadura y la lanza del príncipe Nieve aún refulgían entre los cadáveres, apenas un leve recuerdo de su valor y destreza. Incluso caído, la prestancia del desconocido elfo nos llenaba de admiración.

Es nuestra costumbre quemar los cuerpos de los enemigos caídos. De hecho, se trata más de una necesidad que de un ritual, ya que los muertos solo atraen enfermedades y desgracias. Nuestros jefes querían hacer desaparecer de Solstheim todo rastro de los elfos, tanto vivos como muertos. Sin embargo, se decidió que el príncipe Nieve no correría esa suerte. Un guerrero de su talla, tan admirado y querido por su gente se merecía un final mejor. No importaba que estuviera muerto ni que fuera nuestro enemigo.

Así pues, envolvimos su cuerpo en finas sedas y le dimos sepultura en una tumba recién abierta. A su lado, en un sitio de honor, colocamos su brillante armadura y lanza, y adornamos su sepulcro con tesoros dignos de un rey. Los jefes de los distintos clanes decidieron por unanimidad que el elfo fuese honrado de esta forma. Su cuerpo sería preservado durante el tiempo que la tierra estimara oportuno, aunque no recibiría la protección de nuestro Stalhrim, reservado tan solo para los muertos nórdicos.

Y así finaliza este relato de la batalla de Moesring y de la caída del esplendoroso príncipe Nieve. ¡Que nuestros dioses lo honren en la muerte y que no volvamos a encontrarnos con él en esta vida!